Reseñario | Sólo sentir, de Nadia Contreras


[David Bonilla]
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Nadia Contreras 
(Ilustraciones de Elena Guerrero)
Guadajalara, 2017
86 p.p

Quisiera que mis letras tuvieran la temperatura exacta. Es difícil contarle a un papel o una pantalla lo que es la respiración que se agita y que pesa a la vez. Nadia Contreras vence estos márgenes y los disloca en Sólo sentir, una lectura que puede gemirse sin complejo alguno (ya sea en varias sesiones o en una experiencia erótica con la fuerza de un arrebato). 
La fantasía sorprende la propia intimidad en la obra de la acreedora al premio Griselda Álvarez Ponce de León en 2014. Nadia no tarda en hacer que su escritura exija un espacio íntimo –aquí la paradoja– para develarse uno mismo, como un cuerpo expectante detrás del tacto de otras manos. «El temblor de la imaginación» encarna y se vuelve labios y pelvis desnudos. Es escritura que no se queda en el papel. Hay pocas letras que migran a la sangre para enarbolar la piel en forma de escalofrío. Sólo sentir, esa desnudez violenta y jadeante que tiene apenas una demanda, un mandamiento pagano: «...hacer con las palabras el cuerpo del deseo, la anatomía de este y la respiración. Sobre todo, la respiración». 
Es raro que esta obra de Nadia se tome el tiempo para seducir. Cae como una lengua apresurada sobre el bajo vientre. Presiona la pelvis con los pulgares y va explorando todos sus resquicios sin meditación, por lo que algunos de ellos son los precisos, mientras otros pueden incomodar. Al final, el erotismo se hace presente en una obra donde la imaginación del lector es la esencia de la fantasía. Y aunque este libro se disfrute mejor a solas, nunca hay abandono, ni una cama vacía, o unas bragas libres de tacto ajeno. En todo caso, uno siempre está escuchando el eco de un suspiro.  
Así, Sólo sentir es, en gran medida, sentirse a sí a partir de otras letras e imágenes. Se suele ser un extraño reflejo de lo explorado con timidez hasta que la estatua de carne queda a tientas consigo misma. El erotismo exige hacer del cuerpo una novedad que es rehusada de manera constante. Nadia hace que Sólo sentir pueda estremecer a sus lectores con respiros tan extensos como un aforismo, a la vez que complace a quienes prefieren prolongar el juego previo con párrafos de mayor aliento. La deuda con el propio goce empieza a saldarse con una lectura a solas, con la respiración como incómoda invitada. Por momentos pareciera que no existe cosa más inmediata y sensual que el libro reseñado. Lo único que podía estar a la altura eran los trazos de Elena Guerrero, un complemento perfecto para completar el cuadro del éxtasis. 
El color es innecesario en escenas donde los dedos y las lenguas miran. Cada ilustración convida un beso ansioso que muerde los labios (ambos pares de un mismo cuerpo). El dibujo llama a repetir los trazos con la punta de las pupilas, como lo harían los más hábiles dedos. La relación se vuelve tripartita: las siluetas, las letras y los ojos que lo observan todo. Es el trío que respira en unísono ajetreo en la experiencia que no admite privación. El imaginario que entrega la dupla de artistas se une en una narrativa poética que nunca se interrumpe, cual lo hace una misma piel que convierte las clavículas, pezones, ombligos, pelvis y tobillos en un acaecimiento.   
Entonces cualquier prejuicio asustadizo queda eximido de aquél que no es su lugar. No hay excusas para no abrir las páginas como si no se tratasen de un par de piernas –dejemos al corazón dedicarse a otra cosa por un momento. Todo esto pide suceder sin expectativas o inhibición, pues el erotismo no discrimina entre sexos ni géneros. La complicidad entre el deseo y la voz propia que gime sin reparo: un intento por definir el libro que aquí se reseña. 
Quien no esté dispuesto a respirar, y en algún momento a perder la jurisdicción sobre el ritmo y temperatura del aliento, que asome su rostro a otro lado que no le recuerde la desnudez y el exilio de la vergüenza. Se debe renunciar a la renuncia. Sólo sentir es el mandamiento que permanece en las ilustraciones y los textos de esta obra. Durante el amor con uno mismo, cualquier prohibición debe ser levantada, y por más, deshecha por el olvido. La amnesia voluntaria está en los sentidos, pues incluso los ecos huyen de las esquinas de la habitación.

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David Mayoral Bonilla (Puebla, Pue, 1998). Estudiante en la Licenciatura de Lengua y Literatura Modernas de la Universidad Modelo. Colaborador en la revista Al Pie de la Letra. Obtuvo Mención Honorífica en el género de Cuento en el Concurso de Creación Literaria Jonatán Delgado Martínez 2018. Forma parte del equipo de Ediciones O y es miembro activo del Centro de Experimentación Literaria.